Prólogo
- Ha sido otra buena noche, señora. Ese idiota debía haberse tirado un rato después, pero… qué se le va a hacer – dijo el más mayor de los reunidos, mirando alrededor. No era la primera vez que estaba en aquel despacho, pero cada vez que iba había nuevas adquisiciones en las paredes, cubiertas de obras de arte.
- ¿Estás seguro de que se ha tirado, Prince? No debe ser fácil aguantar la derecha de Hammer… - intervino un joven con un estrafalario sombrero de vaquero, descuidadamente sentado en un sillón que costaba más que el Mercedes que conducía.
- Calla, Enzo. Aquí nadie ha pedido tu opinión – habló la que parecía ser la jefa, a juzgar por su posición tras el escritorio de caoba. - ¿Cuánto hemos sacado hoy?
- Algo más de 1800 Clintz, señora. Ese negro tiene al público entusiasmado. - retomó la palabra Prince Jr.
- ¿Y por qué no haces que gane él la Gran Final del viernes? Boxea mucho mejor que ese tío tan hortera de Vryer.
Antes de que Vickie pudiera abrir la boca para contestar a Enzo, la puerta que comunicaba con el siguiente despacho se abrió bruscamente y una gruesa figura entró por ella.
- ¿Qué hace ese payaso aquí? ¡Estoy echando cuentas y no hago más que escuchar estupideces! ¿Es que nadie necesita un taxi? – tronó Don sin dejar su habano. Enzo torció el gesto, contrariado.
- Enzo, lárgate. Espera fuera, ya sabes que tienes que llevar a Prince. Por cierto, creo que Edd tenía algo que darte…
- Sí, señora – respondió el joven, con tono de enfado.
Cuando Enzo salió de la habitación al lujoso pasillo, murmurando algo acerca de dónde podía llevar Edd sus trastos, Prince Jr. carraspeó.
- Ni una palabra – gruñó Don. – Llevabas bastante bien los combates, pero últimamente se te tiran antes de tiempo. A la gente no le gustan los combates cortos… y a mí tampoco. Sólo mantenemos las ganancias al nivel que te marqué gracias a Hammer.
- Señor, tal vez el chico tenga razón: ¿por qué no hacemos ganar al negro el viernes? Ese tal Rolph no despierta las simpatías del público, casi nadie va a verle, y su rival nos está haciendo ganar muchos Clintz. Además, ese rumor de que entrena con el G.H.E.I.S.T… - la cara de desagrado de Prince Jr. dejó claro lo que pensaba acerca de la secreta organización - …no le ayuda precisamente a ser más popular.
- No es un rumor – intervino Vickie, como si se lo estuviera explicando a un niño. Prince Jr. no alteró su expresión, consciente de que un mal gesto podía significar una reducción en su paga de la noche. – Desde que Sigmund desapareció, el GHEIST no ha tenido ninguna influencia en la ciudad. Vryer va a pagar mucho para asegurarse de que un campeón de su clan sea el mejor boxeador de Clint City.
- La verdad es que se les están subiendo mucho los humos – reflexionó Don, pensativo. – Recientemente se les han unido algunos miembros nuevos que parecen prometer bastante, y parece que su reserva de Gheistlings es más grande que nunca… desde que Sigmund se largó con aquellos miles.
- Habrá que asegurarse de tenerlos al lado, y no enfrente. – Al ver que Prince Jr. iba a carraspear de nuevo, Vickie prosiguió – Tú puedes irte. No esperes ningún extra, suficiente habrás sacado con tus apuestas trucadas por un combate tan aburrido.
- Concéntrate en que todo salga bien en la Gran Final: no creo que sea fácil que Hammer se deje ganar. Tiene más orgullo que la mitad de este edificio, incluyéndoos a ti y al payaso que está esperando en el pasillo. – Don soltó una risotada; forzar la resistencia de sus subordinados era uno de sus ejercicios favoritos.
- De acuerdo; no habrá problema. Buenas noches. – A diferencia de Enzo, no se fue con mala cara ni musitando tacos: con los años había aprendido la lección.
En Borgia’s Palace, a veces se ganaba y a veces se perdía. Hoy el combate no había ido bien; había perdido.
Ya llegaría el día de ganar.
- ¿Estás seguro de que se ha tirado, Prince? No debe ser fácil aguantar la derecha de Hammer… - intervino un joven con un estrafalario sombrero de vaquero, descuidadamente sentado en un sillón que costaba más que el Mercedes que conducía.
- Calla, Enzo. Aquí nadie ha pedido tu opinión – habló la que parecía ser la jefa, a juzgar por su posición tras el escritorio de caoba. - ¿Cuánto hemos sacado hoy?
- Algo más de 1800 Clintz, señora. Ese negro tiene al público entusiasmado. - retomó la palabra Prince Jr.
- ¿Y por qué no haces que gane él la Gran Final del viernes? Boxea mucho mejor que ese tío tan hortera de Vryer.
Antes de que Vickie pudiera abrir la boca para contestar a Enzo, la puerta que comunicaba con el siguiente despacho se abrió bruscamente y una gruesa figura entró por ella.
- ¿Qué hace ese payaso aquí? ¡Estoy echando cuentas y no hago más que escuchar estupideces! ¿Es que nadie necesita un taxi? – tronó Don sin dejar su habano. Enzo torció el gesto, contrariado.
- Enzo, lárgate. Espera fuera, ya sabes que tienes que llevar a Prince. Por cierto, creo que Edd tenía algo que darte…
- Sí, señora – respondió el joven, con tono de enfado.
Cuando Enzo salió de la habitación al lujoso pasillo, murmurando algo acerca de dónde podía llevar Edd sus trastos, Prince Jr. carraspeó.
- Ni una palabra – gruñó Don. – Llevabas bastante bien los combates, pero últimamente se te tiran antes de tiempo. A la gente no le gustan los combates cortos… y a mí tampoco. Sólo mantenemos las ganancias al nivel que te marqué gracias a Hammer.
- Señor, tal vez el chico tenga razón: ¿por qué no hacemos ganar al negro el viernes? Ese tal Rolph no despierta las simpatías del público, casi nadie va a verle, y su rival nos está haciendo ganar muchos Clintz. Además, ese rumor de que entrena con el G.H.E.I.S.T… - la cara de desagrado de Prince Jr. dejó claro lo que pensaba acerca de la secreta organización - …no le ayuda precisamente a ser más popular.
- No es un rumor – intervino Vickie, como si se lo estuviera explicando a un niño. Prince Jr. no alteró su expresión, consciente de que un mal gesto podía significar una reducción en su paga de la noche. – Desde que Sigmund desapareció, el GHEIST no ha tenido ninguna influencia en la ciudad. Vryer va a pagar mucho para asegurarse de que un campeón de su clan sea el mejor boxeador de Clint City.
- La verdad es que se les están subiendo mucho los humos – reflexionó Don, pensativo. – Recientemente se les han unido algunos miembros nuevos que parecen prometer bastante, y parece que su reserva de Gheistlings es más grande que nunca… desde que Sigmund se largó con aquellos miles.
- Habrá que asegurarse de tenerlos al lado, y no enfrente. – Al ver que Prince Jr. iba a carraspear de nuevo, Vickie prosiguió – Tú puedes irte. No esperes ningún extra, suficiente habrás sacado con tus apuestas trucadas por un combate tan aburrido.
- Concéntrate en que todo salga bien en la Gran Final: no creo que sea fácil que Hammer se deje ganar. Tiene más orgullo que la mitad de este edificio, incluyéndoos a ti y al payaso que está esperando en el pasillo. – Don soltó una risotada; forzar la resistencia de sus subordinados era uno de sus ejercicios favoritos.
- De acuerdo; no habrá problema. Buenas noches. – A diferencia de Enzo, no se fue con mala cara ni musitando tacos: con los años había aprendido la lección.
En Borgia’s Palace, a veces se ganaba y a veces se perdía. Hoy el combate no había ido bien; había perdido.
Ya llegaría el día de ganar.
